miércoles, 10 de marzo de 2010

Pág 89 La Metamorfosís

Cuando Miguel se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un horrible hombre lobo. Estaba tumbado sobre su espalda peluda, y al levantar la cabeza, veía todo su cuerpo lleno de pelo.
Sus manos eran grandes con las uñas largas, sus pies eran alargados, su nariz larga y podía percibir con claridad los olores que llegaban desde la cocina de su casa. También le habían salido unos largos colmillos.
¿Qué ha ocurrido?, pensó.
No era un sueño. Su habitación era igual que antes, pero ahora al ser un hombre lobo necesitaría una cama más grande.
Por encima de la mesa, sobre la que se encontraban extendidos un montón de catálogos y muestras -Miguel era viajante de comercio-, estaba colgado aquel cuadro, que hacia poco había recortado de una revista y había colgado en un bonito marco dorado.
Representaba a una dama que no conoció.
La dama llevaba un sombrero y una boa de piel, estaba sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cuál había desaparecido su antebrazo.
La mirada de Miguel se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso -se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa de alféizar de la ventana- le ponían muy melancólico.

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